Arce sin rumbo y la democracia a la deriva

Arce sin rumbo y la democracia a la deriva

PAGINA SIETE.- Luis Arce parecía soñarse durante la campaña del 2020 como un candidato superador de lo anterior, tanto de Añez, como de Evo. Si bien Arce dio fin al ciclo político de Añez, no creó el arcismo, y parece que Evo sigue ostentando su liderazgo como el dueño de la marca del MAS.

Ese proyecto que alegaba tener Arce en la cabeza, parece una cosa del pasado. La reciente detención de Jeanine Añez no es más que una muestra de un modelo que busca recostarse sobre sus bases ante la falta de planes. En esto sí parece haber un consenso nacional, tanto en los bloques de “no fue golpe, fue fraude”; como en los de “no es venganza, es justicia” que inundan las redes sociales. Parecen haberse encontrado, espalda contra espalda, buscando a la sociedad.

 Más allá de los segmentos más rígidos de votantes de cada facción, no queda claro qué hizo la sociedad con el último año y medio de forzar el tejido democrático. Si Arce quiere apelar a su campaña y ser el Presidente de todos los bolivianos, debe repensarse y reencontrarse.

Los presidentes reconstructores, los que quedan en la historia, son precisamente los que rompen con los esquemas y paradigmas del pasado, reemplazando la lógica decadente por una nueva visión superadora. Hasta ahora, Luis Arce parece decidido a intentar balancearse en la fina cuerda de la retórica en la que no cambia nada, y la escasez de alternativas, lógicas al meollo en el que el país se encuentra, no está ayudando a su causa. Mientras los colegios sigan cerrados, la actividad económica en caída, y las reservas del gas en retroceso, el incremento de la pobreza y las múltiples derivadas dificultades, añadidas a cualquier plan de inclusión social, seguirán erosionando el frágil capital político del presidente. Su reciente aceptación de la agenda del masismo más radicalizado no lo ayudarán; por el contrario, le restarán el poco favor que tenía de las clases medias urbanas, sector al que estaba precisamente destinado a seducir.

Los recientes eventos en relación a ese juicio difuso y atrapa-todo muestran a la política en total disonancia con el temperamento social de un país que tuvo que atravesar la pandemia mientras intentaba salir de la tensión y subsecuente ruptura social sobre el tejido democrático de finales de 2019. Abrazar este proceso de judicialización de la política, en el que un bando acusa de terrorismo al opositor, en un juego de manta corta. Un juego que, además, no está ni cerca de ser la prioridad de la sociedad, que mira con preocupación la recuperación y la estabilidad económica. Detrás hay un anhelo de los grupos más reaccionarios del MAS por pagar con la misma moneda a quienes hace unos meses los acusaban de los mismos cargos. Es paradójico que el MAS, pero sobre todo Arce, hayan olvidado demasiado rápido la necesidad de pensarse en línea con la temporalidad del poder. Hacer esto sólo genera un círculo vicioso en el que unas fuerzas y otras se persiguen y proscriben en la medida en que el poder cambia de manos.

Si efectivamente Luis Arce quiere mostrarse como un remake de los años 2006-2019, deberá afrontar los costos de correrse a un extremo, agitando aún más el terreno político del país y poniendo en riesgo el tejido democrático. Si Arce efectivamente quiere ser el Presidente de todos los bolivianos, deberá recordar y recordarle a su partido que aunque Evo sea más nombrado, no pudo llegar a la presidencia, y él sí. Una verdad objetiva en lo social, y quizás difusa en lo político. Hacerlo, y encontrar su impronta presidencial con los oídos puestos en la sociedad, pueden hacer o deshacer nuestra democracia.

Pablo Ivankovich es ciudadano boliviano.